Sí, yo me refugiaba en la comida.

¡Hola! ¿Cómo estás? Lo sé, he estado un poco distraída últimamente; sorry, pero ya estoy de vuelta. Hoy me apetece que charlemos tranquilamente y si te parece bien,  abrirme a ti como si nos uniera una estrecha amistad. Me encantaría que leyeras mi propia experiencia personal con la comida: una relación insana que marcó una etapa importante de mi pasado y de la que afortunadamente salí, llevándome al momento presente. 

Sí, yo también tuve una relación difícil con la comida, es lo que me ayuda a entender cómo se sienten las personas cuando acuden a mí.

Mi vida sin autocuidado

Hubo un tiempo en el que no me preocupaba mi cuidado, ni si llevaba una vida sana o no. Eso fue provocando que aumentara de peso paulatinamente, y que me sintiera insegura y a disgusto con mi imagen física.

Pero estaba «acomodada» a esa situación que se mantenía en el tiempo convencida de que no podía hacer nada al respecto. «Yo soy así. Siempre he estado gordita«, me repetía una y otra vez para exculparme de toda responsabilidad; el cambio no estaba en mi poder.

Ahora que vivo otra situación totalmente diferente, me doy cuenta de que en ese momento no era plenamente consciente de mi relación con la comida y de cómo me estaba afectando.

Hasta que un día dije: ¡basta!

Hagamos un viaje al pasado…

Cuando alimentaba mi alma con comida

Podríamos remontarnos hasta la infancia pero no quiero aburrirte demasiado, con ir hasta los años en los que todo fue empeorando silenciosamente creo que es suficiente.

Todo empeoró hace aproximadamente 7 años, justo después de un acontecimiento que me dejó una profunda cicatriz.

Fue en la primavera de 2013, cuando una pérdida inesperada me sucumbió tan profundamente que caí sin darme cuenta en un proceso de destrucción a todos los niveles; psicológico, físico, fisiológico… La vida que se estaba formando dentro de mí de repente se detuvo y en ese adiós forzado dejé gran parte de mí sin apenas darme cuenta. Poco a poco fui entrando en un bucle de pensamientos negativos y muy duros que me hacían sentir vacía. La tristeza se convirtió en mi mejor compañera y la desesperación me perseguía insesante.

A partir de entonces todo cambió en mi interior. Cada día estaba más triste, me sentía incomprendida y sola a pesar del apoyo de mi familia y amigas. Los pensamientos me atormentaban no solo con palabras hirientes, también con pesadillas y obsesiones que me obligaron a rechazar y alejarme de todo aquello que me recordaba el dolor.

La comida estaba ahí… para llenarme… Y me agarré a ella con uñas y dientes.

Mar Suárez hace siete años Me refugié en la comida porque era lo que solía hacer siempre que mis emociones me sacudían de alguna manera. Nunca me había planteado si mi alimentación era adecuada o si estaba comiendo sin tener hambre. La comida era un recurso más, disponible y apetecible y además muy reconfortante. Ya luego me las averiguaría con la imagen que me devolvía el espejo…

Durante los años que estuve en ese bucle atrapada intenté llenar mi vacío interior a través de la comida, sin ser consciente de ello. Aunque ya venía con una alimentación insana de años atrás, fue el momento en el que todo se precipitó. Los sentimientos de culpa cada vez que tenía un atracón y de rechazo cuando me miraba al espejo mantuvieron en el tiempo esa situación, sintiéndome incapaz de salir de ella.

Era algo así…

Pensamientos catastrofistas irreales pero que yo me creía como verdad única: «Siempre me pasan cosas malas, nunca voy a ser feliz, no voy a conseguir lo que quiero nunca, ya nada será lo mismo»

Eso derivaba en emociones de tristeza y rabia. Me sentía impotente, desesperada, vacía, inmensamente triste… Y esas mismas emociones provocaban más pensamientos autodestructivos.

¿Qué hacía yo para aliviar mis sentimientos?: comer, o más bien; castigarme con la comida, comerme las emociones… Cualquier cosa con tal de evitar  y huir del profundo dolor que estaba sintiendo. No encontraba otra salida… Y claro, después venían los remordimientos, la culpabilidad y esa sensación tan angustiosa de no poder «controlar» ni mis emociones ni la comida. Cada vez más insatisfecha con el reflejo que me devolvía el espejo y con la autoestima más machacada. Y lo peor de todo era que el placer instantáneo que me ofrecía la comida desaparecía casi tan rápido como aparecía. ¡Era un visto y no visto! Aún no había llegado la comida al estómago cuando los «deberías» ya empezaban a sonar en mi cabeza: «deberías comer sano. Esto no te va a ayudar. Debes hacer algo para cambiar o siempre vas a estar igual…». Mientras otra vocecilla me gritaba: «¡qué más da ya! Atibórrate de lo que quieras, si total...

Me quedé anclada en la mente, rumiando todo el día con ideas que solo estaban en mi imaginación y que no me ayudaban en nada. Después venía el derrumbamiento y el refuerzo negativo que me mantenía en esa situación.

Cada día me miraba al espejo y odiaba la imagen que me devolvía. Esa no era yo… Ni mi cuerpo, ni lo que veía en mis ojos. Había engordado mucho y no me gustaba mi aspecto. Me veía horrible. Además tenía la piel apagada y la expresión muy abatida… Era tan dura la imagen que veía de mí… A veces lloraba y otras me llenaba de ira, e incluso hubo días en los que me encogía de hombros y me daba la vuelta vencida.

Pero afortunadamente toqué fondo y esa infelicidad y tormento que estaba viviendo llegó a su límite. Ya no quería seguir así, no soportaba más la situación. Así que con el apoyo de todos los que estaban a mi lado decidí que era el momento de pedir ayuda profesional. Si no podía salir sola del maldito bucle encontraría quién tuviera la llave.

Reconocer que necesitas ayuda es tan difícil como vivir constantemente en el dolor.

Sanando el alma

Al principio fue difícil pedir ayuda y reconocer que no era capaz de afrontar lo que me estaba pasando. Pero afortunadamente tuve mucho apoyo y siempre me animaron a dar el paso, algo esencial para poder avanzar.

¿Por dónde podía empezar? Quería sentirme mejor física y emocionalmente pero no tenía fuerzas para hacer una dieta o bajar de peso. Primero necesitaba volver a encontrarme y sentir que al menos en mi interior seguía existiendo una parte de mí. Así que contacté con una profesional en psicología de confianza y cargada de esperanza y mucho miedo, llamé a su puerta sabiendo que allí encontraría el camino hacia una vida feliz.

Gracias a su gran profesionalidad y a su humanidad, el miedo empezó a desaparecer. Me envolvió de cariño para que pudiera liberarme de todo el sufrimiento y así ir dejando sanar la herida al aire libre…

Fue un gran esfuerzo mirar hacia dentro. A veces quería parar y salir corriendo… ¡Era tan difícil! Pero no todo fue dolor… No quiero que pienses que pedir ayuda profesional me hizo sufrir… En absoluto… Solo que para poder cerrar ese dolor primero tuve que afrontarlo. Después llegó la paz y el entendimiento y empecé a sonreír de nuevo. Me perdoné y volví a quererme. Qué importante es este cambio…

Perdonarte y quererte es el paso más complicado pero también el que más te transforma.

La vida volvió a abrirse ante mí. Me sentía renovada, la misma persona pero con vivencias nuevas que me habían transformado.

Una vez que empecé a sentirme bien conmigo todo lo demás fue llegando solo. Tomé el mando de mi historia y elegí cómo quería que acabara; empecé a hacer deporte y a cuidar mi alimentación. Fui casi por primera vez a un centro deportivo y me inscribí. Al día siguiente estaba allí, dispuesta a quemar toda la grasa acumulada.

Solo un mes después me puse en manos de una especialista en nutrición. Me hizo un estudio personalizado y diseñó un plan de alimentación adecuado para mí. Tenía la motivación muy elevada y no me importaba tener que seguir ciertas recomendaciones o eliminar de mi alimentación determinados alimentos. Eso no me asustaba porque ya no necesitaba comer para saciar mi vacío interior o para calmar mis emociones.

Sin embargo, me sorprendió que en aquel folio que me entregó estuvieran muchos de los alimentos que creía prohibidos. Podía comer arroz, pasta, patatas, guisos… Lo primero que pensé fue: «¿puedo comer hidratos de carbono?»  Ahora me río de aquello pero en ese instante fue un impulso más para seguir adelante.

Finalicé la terapia cuando me sentí recuperada y la psicóloga que me guiaba consideró que ya podía continuar sola. Seguí practicando actividad física y haciendo cambios en mi alimentación mientras bajaba de peso cada semana. Cada vez me sentía mejor con mi aspecto y la energía que tenía, y mi fortaleza física estaba como nunca. Me veía feliz, con un brillo distinto en los ojos, la piel había recuperado su luz y mi aspecto físico, lejos de ser perfecto, me gustaba cada vez más.

A partir de esa etapa empecé a interesarme por la importancia de un abordaje integral en la alimentación y cómo los procesos psicológicos podían afectar a la forma de comer. No fui consciente hasta ese momento de que hacer una dieta, como había hecho tantas veces a lo largo de mi vida, no era suficiente cuando las emociones, las malas asociaciones con la comida, la mente; en definitiva, la psicología, está en la base de todas esas dificultades que me llevaban a la nevera.

Empecé a investigar sobre ello y a formarme en psiconutrición, alimentación consciente, comer emocional, trastornos de la conducta alimentaria, etc.

Mientras tanto seguía profundizando en mi autoconocimiento y manteniéndome en un peso saludable, con el que me sentía cómoda. Transformé mis hábitos e hice las paces con la comida, dejando atrás los atracones, los alimentos «prohibidos-permitidos» y todo aquello que me transformando mis hábitos por otros más sanos.

Ahora la actividad física y comer sano se han convertido en placeres de los que no puedo prescindir, algo impensable años atrás. Ya no abuso del azúcar o las grasas para castigarme ni para llenar un vacío. Y no han desaparecido de mi dieta, solo los tomo cuando realmente me apetece y siendo muy consciente de ello.

Ahora puedo ayudarte a ti

Si te digo la verdad, la oportunidad profesional llegó por todo lo que aprendí al vivir la experiencia en mi propia piel. Veía a personas sufrir con su relación con la comida y estaba tan inmersa en el mundo de la alimentación y la actividad física que solo me rodeaba de personas con objetivos muy similares y preocupadas por mantener unos hábitos sanos.

Yo ya había pasado por todo aquello, llevaba años manteniendo unos hábitos saludables y aún seguía aprendiendo de mi propia experiencia. Así que era casi imposible que no me ofreciera a ayudar a los demás. Quería hacerles ver que era posible y trasladarles mi vivencia en forma de salvavidas, sabía cuánto sufrían y mi propósito era acompañarles tal como lo hicieron conmigo.

Mi nueva actitud y mi vocación por ayudar a los demás, me llevaron a buscar la oportunidad para abrirme camino profesionalmente y poder llegar a tantas personas que hoy viven una situación similar.

Considero que haber pasado por ese «amor-odio» hacia la comida y todo lo sufrido durante esa etapa, me ayuda a comprender cómo se sienten las personas cuando acuden a mí; desesperadas y creyendo que no son capaces de cambiar de rumbo.

Mar Suárez psicóloga en consultaPero yo soy un claro ejemplo de que sí se puede y yo no lo hice sola. Tuve ayuda profesional y apoyo de amigos y familiares pero eso no invalida la capacidad de recuperación de la persona. La resiliencia está ahí y con compromiso, esfuerzo, y muchas otras herramientas todo el mundo es capaz de llegar a dónde quiera.

Es importante darse cuenta de que a veces necesitas algo más y que uno de tus recursos es pedir ayuda. Están muy bien todos los cambios o las medidas que apliques para salir de la situación, pero ¿y si usas un comodín?

Pedir ayuda es otro recurso más dentro de tus capacidades y puede que sea el que te impulse hacia adelante.

Si puedo darte algún consejo es que sigas intentándolo. Sé que es muy duro y que cambiar no es fácil pero se puede. Confía en los profesionales que te ayudan, si es el caso, y en las personas que tienes a tu lado y que te quieren. Cree en ti y en tus capacidades. Sé que puedes conseguirlo y si no te lo crees fíjate en mi.

Hasta aquí mi historia personal con la comida.

¿Qué te ha parecido? ¿Te lo esperabas?

Los profesionales también somos de carne y hueso; tenemos una historia, sufrimos y también necesitamos ayuda.

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¡Hasta la próxima!

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